Las botas que cantan en Marzo



Voy a abandonar mis botas negras cerca del vertedero.
Una vez, me las devolvió el mar como si quisieran volver a mi lado.
Recuerdo como se arañaban contra los encarpados pirineos,
como aguantaron otoños helados, y como relucían en las mañanas soleadas.
Si te digo que las escuché cantar por los bosques de Castrillón,
me tacharías de loco, o de poco cuerdo.

Tal vez no creas como se perdieron en un hostal de Pisa,
y aparecieron en una calle de Livorno tres días después.
He pateado tantos botes y piedras, que me podría doler,
equipaje obligado por décadas, hasta que dejaron de ser necesarias.

Alguna vez soñé que salían solas de noche y visitaban ocultas compañeras,
y tal vez recorrieran alguna playa, rozándose en su suave y fría arena,
compañeras de juergas salpicadas de alcohol,
recogieron lágrimas rebotadas de propios y cercanos.

Rechinan sus reclamos en forma de pequeños crujidos,
hay una pequeña muesca con sangre seca en el tacón,
y grietas de viento en el empeine,
parecería que se miran entre si, buscando marcas comunes.
Creo que no quieren ir a ninguna parte.

Sin estar viejas, se han quedado a un lado del armario,
a veces pienso que escondidas en su propio sendero,
tal vez encogidas detrás de las mantas de picnic,
que nunca salieron de su empaque.

Si se viste la mañana para esta despedida,
seguro que brillaran en su lustre,
y aunque solas en medio de la vereda,
en marzo volverán a cantar en otros paisajes.

0 comentarios: